jueves, 24 de septiembre de 2009

Un blandito

Una vez más, me sucumbí a la irrefrenable tentación de sacarme de un tirón, más de una muela. En esta oportunidad fueron 2 de arriba, una de abajo, todas de la derecha.

No sé si fue fácil el trabajo del cirujano, sé que mi parte no fue sencilla.
Con el mismo tacto que alguien decide dedicar su vida a meterle la mano en la boca a extraños, me explicó justo antes de sentarme en la silla eléctrica (cuando ya no estaba a tiempo de arrepentirme) que podía quedar un agujero entre la boca y la nariz por el cual se podían escapar los líquidos que ingiriera en los próximos 2 ó 3... AÑOS.

Me dejó solo con mis nervios, la presión sanguínea al 40% de lo normal y la anestesia haciendose presente por todos los rincones del cachete, la lengua, el paladar, la encía y las plantas de los pies. Tal vez esto último fue idea mía, lo admito.

Cuando empezó nos pusimos de acuerdo en que si me dolía, tenía que levantar la mano izquierda. La levanté, claro.
La levanté 4 veces.
Nunca un poquito.
Siempre la levanté como si estuviera frenando un avión Jumbo en un aeropuero con pista cortita y desesperado para que se de cuenta de mi existencia, de mi brazo en alto y la señal que eso quería representar: LA ESTOY PASANDO MAL POR CULPA TUYA, CONCHUDO.


Duró más o menos media hora todo el trámite.
No calculé cuánto tardó con cada una, porque me parecía de mal gusto mirar el reloj a cada rato, como si estuviera apurado.
Aparte el reloj lo tenía en la izquierda y se va a interpretar como un reclamo por dolor y nos íbamos a meter en una situación del tipo "Pedrito y el lobo" y cuando me doliera en serio zarpadamente, no me iba a dar bola creyendo que estaba haciendo fuerza para enfocar las agujas. Ya lo dijo mi papá: ese reloj tiene demasiados chirimbolos y a veces es difícil distinguir el segundero del velocímetro y el tacómetro que parece tener en el cuadrante.

Mientras el carnicero golpeaba y golpeaba, separando el hueso de la carne como si de un pedazo de bife ancho se tratara, yo pensaba "debe ser bueno, es grande, parece con experiencia"
para auto-convencerme.
Pensé de nuevo en mi papá, como con el tiempo se le fueron agotando la paciencia y el buen pulso en las manos y terminé de transpirar el pedazo de camisa que todavía quedaba inmune.


Cuando terminó, me dí cuenta que todas las preguntas que pensaba, las tendría que haber hecho antes. Ahora era físicamente imposible.
Él lo sabía, por eso no me ofreció la gentil "alguna duda?" antes de empezar.
Por suerte se acordó de extenderme el certificado y aclararme cuándo tengo que volver, porque no se lo podría haber hecho entender.


Pasé la noche mejor de lo que esperaba: No sufrí el dolor, pude dormir aunque un poco sentadito y ahora me dedico a dieta blanda.


Recordé entonces, que cuando esto pasó el año pasado, tardé casi las 2 semanas de dienta blanda en descubrir LA FAINÁ.
La fainá, además de ser riquísima y ser un manjar vicioso e inagotable, es BLANDA.
Lo primero ya lo sabía, lo segundo no lo recordaba hasta que en una cena con amigos, se decidió pedir pizza y yo dije, resignado "pizza no puedo, pedime un par de fainás"

A riesgo de que me vuelva a pasar algo parecido, fui al supermercado a comprar postrecitos de dulce de leche y chocolate, queso con dulce de batata, leverbush y puré cheff (todo en cantidades industriales).

A mí no me vuelven a agarrar, eh!

1 comentario:

La otra de mí dijo...

descanse unos años hasta que le llegue la hora de los implantes querido